domingo, 14 de diciembre de 2008

25 AÑOS DE DEMOCRACIA‏

La democracia argentina cumple hoy 25 años de vigencia continuada. Es un lapso suficientemente largo como para que muchos hayan olvidado la característica principal de aquel sistema al que la Argentina volvía el 10 de diciembre de 1983 después de una larga época de tormentos: su fragilidad.
El país venía de una larga serie de irregularidades institucionales. Lo excepcional se había convertido en hábito: lo normal hasta los años 80 era que los gobiernos civiles fueran interrumpidos por golpes militares. Nada demasiado sólido garantizaba que, esta vez, las cosas serían distintas.
Muchos de los que llenaron la Plaza de Mayo para acompañar la asunción presidencial de Raúl Alfonsín coreaban la consigna "por diez años más" como una expresión de deseos, en cierto modo, utópica. Todos se preguntaban, en el fondo, si el nuevo régimen resistiría tanto.
El propio Alfonsín, en su discurso ante la Asamblea Legislativa, había alimentado aquella mañana el conjuro. "La Argentina pudo comprobar hasta qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir a sus gobernantes implicó siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, inmoralidad, decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden. Mucha gente no sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y de la ley, pero ya todos saben lo que significa vivir fuera del marco de la Constitución y de las leyes", decía.
Eran alardes de fortaleza, seguramente necesarios, de una democracia que nacía amenazada por múltiples razones. Los 25 años transcurridos no deberían ocultarnos aquel crucial detalle.
La conciencia y la memoria política despuntan no antes de la adolescencia. Por lo tanto, a los millones de hombres y mujeres que nacieron después del 10 de diciembre de 1983, y que, por lo tanto, siempre han vivido bajo un régimen democrático, habría que sumarles los que comenzaron a seguir el itinerario de la historia argentina a partir de ese momento y que no tienen recuerdos vívidos de los episodios anteriores. Ellos (y los mayores de 40 muy desmemoriados) pueden incurrir en el error de creer que siempre la democracia tuvo la firmeza que tiene hoy, cuando, pese a lo mucho que no ha podido resolver y a la torpeza de sus gobernantes, no corre riesgo alguno de ser interrumpida. Tres tipos de amenazas
Durante toda la década del 80, el sistema logró resistir amenazas de tres distintas clases. Las primeras -y, por supuesto, las más fuertes- fueron las de orden militar.
Cinco días después de asumir, el nuevo mandatario sancionó los decretos 157 y 158. Por ellos se ordenaba el procesamiento de los líderes guerrilleros del ERP y Montoneros y también el de los jefes de las tres juntas militares que se habían hecho cargo del país desde el 27 de marzo de 1976. El mismo día, el 15 de diciembre de 1983, Alfonsín envió al Congreso el proyecto de derogación de la llamada "ley de autoamnistía", dictada por el general Bignone.
Casi un año después, en 1985, se conocían las sentencias de reclusión perpetua para Jorge Videla y Eduardo Massera, de 17 años de prisión para Roberto Viola, de ocho años para Armando Lambruschini y de cuatro para Orlando Agosti. Cuando los procesos comenzaron a extenderse, el descontento de los oficiales de menor rango derivó en una serie de levantamientos protagonizados por oficiales jóvenes al mando de jefes un tanto excéntricos (Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín), pero a los que ningún uniformado aceptaba poner en caja.
Durante la insurrección de la Semana Santa de 1987 se hizo famoso hasta el clisé el lentísimo desplazamiento de los tanques del general Ernesto Alais, que no llegaron nunca al foco de Campo de Mayo. Pese a que los cabecillas negaban que su propósito fuera destituyente, era cierta y palpable la impresión de que estaban mintiendo. Incluso legisladores muy cercanos a la Casa Rosada pusieron manos a la obra y vaciaron sus despachos en el edificio anexo del Congreso, convencidos de que la aventura democrática había llegado otra vez a su fin, cuando Alfonsín partió en soledad a entrevistarse con Rico. De aquel dramático momento quedó un recuerdo descontextuado: la concesión de la obediencia debida, la frase "la casa está en orden", la claudicación del Presidente, como si hubieran existido otras alternativas para mantener el barco a flote y navegando.
En los años 90, los indultos que dictó Menem acompañaron una política de debilitamiento castrense que llevó a la frontera de lo imposible una nueva irrupción militar en el escenario civil. Ni siquiera las anacrónicas reaperturas procesales dispuestas por Néstor Kirchner consiguieron reavivar ese frente.
Otra categoría de amenazas para la frágil democracia naciente que hoy llega, contra todo pronóstico, a los 25 años fueron los trece o los catorce paros generales (según quién y cómo lleven la cuenta) que los sindicalistas de Saúl Ubaldini le hicieron a un gobierno al que querían tumbar de cualquier modo.
Por último, hubo amenazas de un tercer tipo: la desilusión general derivada de las sobrepromesas de campaña, que, por supuesto, no pudieron cumplirse.
"Con la democracia se come, se cura y se educa", prometía Alfonsín desde las tribunas, induciendo a su pueblo a pensar que había una relación directamente proporcional entre un sistema de gobierno determinado y la salud o falta de ella de la economía. No la había, y ya en 1985 los seguidores del Presidente tuvieron que digerir el revés de ser convocados a la plaza para oír hablar de ajuste.
La democracia resistió eso. Se curtió de tal modo que sobrevivió en los años siguientes a circunstancias que hubieran sido fatales en otros momentos.
Pasó la prueba de fuego de 2001: los cuatro presidentes en un par de semanas. Resistió el grito violento de "que se vayan todos", que no significaba, necesariamente, que volvieran los otros. Tiene mucha tarea por delante. Tal vez lo que le falta ahora es imaginación y talento, pero ya no le falta tiempo. Y, dado que no existe un sistema mejor, es un paso adelante.

Hugo Caligaris LA NACION

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